Palabras pronunciadas por el Lic. José Antonio Alonso Espinosa Yglesias
Mtro. Sergio Vela
Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes;
Dra. Teresa Franco
Directora General del Instituto Nacional de Bellas Artes;
Dr. Gerardo Estrada
Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México;
Mtro. Héctor Rivero Borrell
Director del Museo Franz Mayer;
Señoras y señores:
Estamos aquí reunidos para celebrar un triunfo, pero en vez de que nos anime un espíritu festivo, nos convoca la tristeza. Dos palabras explican la razón del desencuentro: se trata de un premio póstumo. Sobre el hecho de que hoy recibirá la medalla de Bellas Artes, pesa la sombra de que Ángeles Espinosa Yglesias ya no está con nosotros.
Tal vez la oposición que hay entre estas emociones sea para mí más aparente, ya que estoy aquí como hijo que se duele de la muerte de su madre –una madre maravillosa-, y como heredero responsable de llevar adelante el vasto caudal de obras realizadas y en proyecto que dejara Ángeles Espinosa en la Fundación Amparo o dirigiera de manera personal.
Al mencionar la dificultad así, como si fuera una disyuntiva, me doy cuenta que he caído en un error porque a diferencia de lo que ocurre con tantas de las mujeres que trabajan, nunca hubo, como mi madre, ocasión de distinguir entre la generosa promotora y el corazón de mi hogar. No existían, por un lado, la cuidadora del arte mexicano, sobre todo el pictórico –como lo fue Ángeles Espinosa de manera excepcional-, y por el otro la madre de seis hijos, tan cuidadosa y solícita con cada uno como si atendernos fuese su único quehacer. Con la misma alegría que preparaba los detalles de una fiesta de cumpleaños, desahogaba las burocracias propias de quien ha decidido que la filantropía –literalmente: amar a los demás-, es horizonte que le da sentido a su vida.
La filantropía y el arte son los dos ejes centrales de la vida de mi madre. Amiga y protectora de artistas, escritores, escultores y realizadores gráficos de todo tipo, creía que el arte no debe estar confinado a los domingos. “No es un postre”, decía, “no es un jardín que sólo visitemos los días feriados. El arte debe ser nuestra casa, nuestro vestido diario”. Apoyaba la tesis con una convicción: sólo el arte es capaz de descubrirnos la honda identidad humana que hay entre los seres humanos de todos los tiempos y todas las regiones. Sólo por el arte llegamos a ser plenamente humanos y a ser capaces de entendernos y entender a los demás.
Muchas son las virtudes de mi madre que merecen registro, pero una que es imposible pasar por alto fue su extraordinaria sencillez, su humildad casi, en el trato con los demás. Ángeles Espinosa a quien tuve el honor de llamar Mamá tenía todo cuanto pueda ser necesario para ostentarse como realeza. Mujer de vastos recursos; autora de realizaciones dignas de lucimiento; reconocida, premiada y admirada en el mundo entero, nada de esto hacía mella en su vestido, en su actitud o en su trato. Ella era Ángeles, una mujer incapaz de presunciones, a la que todo mundo le hablaba de tú y de la que todo mundo podía sentirse su igual.
Quien la encontrara, digamos, en la sala de espera de algún gobernador, ¿hubiera podido sospechar que esa mujer tenía tres reconocimientos anuales, y en años consecutivos, de la Secretaría de Educación Pública y el Instituto Nacional para la Cultura y las Artes?, ¿O diplomas, premios, certificados y constancias de todos los niveles de gobierno de Puebla y de las instituciones de cultura o educación del Estado?, ¿O un diploma del 6° Coloquio Internacional de la Organización de las Ciudades Patrimonio Mundial?, ¿O la presea, la “General Ignacio Zaragoza”, creada específicamente para poder premiar sus méritos excepcionales? o en agosto pasado el doctorado honoris causa que recientemente le otorgó el Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa.
¡Y qué no hay, en el área de realizaciones, si patrocinó parcialmente el rescate, restauración e investigación del Templo Mayor en el Centro. Mantener, dirigir y conservar en la vanguardia al Museo Amparo, no sólo el más completo y armónico fuera del D.F., sino invaluable por su pinacoteca y algunas de sus colecciones precolombinas?
Quien quiera tener alguna idea de las obras patrocinadas por Ángeles Espinosa, debe visitar la ciudad y el estado de Puebla. Encontrará desde una modernísima escuela de enfermería hasta de edificios públicos que gracias a su ayuda recuperaron el lustre que tenían en el siglo XVI o XVII, cuando fueron construidos. Numerosos templos, catedrales, tabernáculos, sobre todo los que resultaron dañados por el sismo de 1999. Escuelas, bibliotecas, hospitales y aun viviendas para las comunidades que las perdieron en ese mismo terremoto.
Caso señalado, y que no debe quedar en el olvido, fue el apoyo que le prestó al Consejo Pro-Reconstrucción de la Vivienda de la Sierra Norte de Puebla –Consejo por supuesto constituido por ella-, con un fin sorprendente: construir 215 casas habitación con todos los servicios y regalárselas a quienes habían perdido sus hogares en las inundaciones de ese año. Para Ángeles Espinosa no se trataba de vendérselas a plazos que les fueran asequibles ni, menos todavía, de obligarlos a que realizaran ciertas tareas que aunque estuvieran destinadas a beneficiarlos, eran forzadas y limitaban su libertad. Se trataba, y nada más, de ayudarlos.
Mi abuelo, Manuel Espinosa Yglesias, dedicado también a la filantropía, no intervenía en las acciones que decidía mi madre, pero no pudo evitar la protesta: “Esto es caridad, Ángeles, no filantropía”, le dijo. Y ella le contestó: “Sí, tienes razón, pero tampoco es caridad. Es apenas solidaridad. Es un deber humano que no podemos rehusar a cumplir”. Varios meses después de entregar los nuevos hogares, hicieron una visita a la zona y mi abuelo le dio la razón. Había hecho lo que hacía falta.
Celebro y agradezco al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, sus directivos, y el Instituto Nacional de Bellas Artes, decidieran …los méritos extraordinarios de mi madre, Ángeles Espinosa…póstumo. No quiero decir, con ello, que lamento que no se lo dieran antes, sino que ella no esté aquí, ahora, con nosotros, disfrutando de esta distinción tan merecida.
Tal vez lo que quiero decir sea que aún considerando la alegría que me produce saber que el currículum de mi madre se enriquece con este nuevo premio, sigue pesando todavía más la sombra de su ausencia. Sé que esa tristeza, así con el tiempo llegue a resultarnos tolerable, estará ahí por siempre, recordándonos con qué sencillez humana, con qué simplísima sabiduría decidió vivir su grandeza Ángeles Espinosa Yglesias.
A todos, muchas gracias. Muchas gracias por su solidaridad y su presencia.
Lic. José Antonio Alonso Espinosa Yglesias
Presidente de la Fundación Amparo
1° de diciembre de 2007