Palabras pronunciadas por el Dr. Gerardo Estrada
Sr. Presidente;
Familia Alonso Rugarcía;
Queridos Sergio Vela y Tere Franco;
Amigos todos.
Agradezco a la familia Alonso Espinosa la oportunidad de estar hoy aquí en este justo y necesario homenaje a doña Ángeles Espinosa Rugarcía, personaje fundamental en la promoción cultural del sector privado en los últimos años en México.
Tuve la oportunidad de conocer a doña Ángeles cuando era director del Instituto Nacional de Bellas Artes, lugar en el que aprendí –pese a mis prejuicios-, que el papel que ha jugado el mecenazgo privado en las artes y la cultura en nuestro país no ha sido menor y que por el contrario, muchas veces se le han escatimado reconocimientos.
A partir de entonces nació una relación profesional de mucho respeto y que, al menos para mí, fue muy fructuosa pues gracias a su amistad tuve la oportunidad, entre otras cosas, de conocer a su familia, hijas e hijos, que hoy nos acompañan y que han decidido seguir con la estafeta que acaban de heredar.
Así fue que a través de múltiples encuentros en actividades culturales, -exposiciones, conciertos, etc.,- fue fraguándose una amistad que me permitió ganarme su confianza y que incluso la llevó a consultarme generosamente sobre decisiones importantes para el futuro en deliciosas comidas en la casa paterna rodeados de maravillosos cuadros y obras de arte.
Es así que me vi involucrado en las actividades de una tarea cuyo objetivo de crear y solidificar un museo privado en la ciudad de Puebla, el Museo Amparo, al principio parecía imposible.
Ciertamente era ya de todos conocida la vocación filantrópica que la familia Espinosa Yglesias realizaba a través de la Fundación Amparo, en la cual Ángeles trabajó al lado de su padre don Manuel Espinosa Yglesias, pero el establecimiento del Museo Amparo en 1991, marca sin duda un hito no sólo en la vida de la Fundación, y supongo yo, por supuesto en la vida de Ángeles, pero sobre todo en la vida cultural de nuestro país.
Mi ya no tan corta experiencia en la vida cultural de México me ha permitido saber que muchas de las instituciones culturales que se ostentan como producto de una iniciativa personal, privada, en realidad esconden detrás enormes apoyos públicos, lo que no está mal, pero incluyen condiciones en letra chiquita que ponen en tela de juicio y en riesgo la perdurabilidad y la generosidad de esas iniciativas.
Este no es el caso del Museo Amparo que nace seguramente con apoyos múltiples pero que surge esencialmente de la iniciativa personal de una familia y en particular del tesón y constancia de Ángeles, lo que lo ha llevado a cumplir al Museo ya casi 17 años, convirtiéndolo no sólo en uno de los principales recintos culturales del estado de Puebla, sino también en un referente esencial de la vida cultural nacional e internacional.
Si se revisa la lista de exposiciones que se han llevado a cabo a lo largo de estos 16 años según cifras que me hizo llegar mi querido amigo Moisés Rosas, ésta alcanza ya más de 500 actividades, entre las que destacan, por supuesto la cantidad, pero sobre todo la calidad y el rigor con el que se han venido desempeñando. Además, cabe destacar la diversidad de éstas: de las colecciones arqueológicas al arte contemporáneo, de las artesanías y el arte popular a los grandes creadores.
Ángeles supo integrar un equipo y se convirtió en una verdadera líder del proyecto. Bajo su conducción se tomaron decisiones que han permitido que la comunidad poblana y de zonas aledañas disfruten de magníficas exposiciones y actividades culturales que han dejado profunda huella.
Quienes laboramos en el mundo de la promoción artística, sabemos de las profundas dificultades que esto significa, aún bajo la protección del presupuesto público. Hacerlo desde fuera es doble o triplemente complejo y es en ese sentido que la labor de Ángeles Espinosa no tiene parangón.
Hay otra parte muy importante que va aunada a la difusión cultural y que es la de la conservación del patrimonio cultural. Una tarea difícil, compleja, en la que muchas veces las apreciaciones, los esfuerzos no dan visibilidad inmediata, no tienen reflectores, están sujetos a las vicisitudes del tiempo y de la política y que sólo más tarde advertimos de su importancia, incluso quizá hasta generaciones más tarde.
En este terreno, es quizá en donde el entusiasmo y fervor de Ángeles por nuestro país se expresó más, pues a lo largo de su vida realizó muchísimas tareas de preservación y conservación de nuestro patrimonio, como fue el caso del Templo Mayor en la ciudad de México. Más tarde, después del temblor que azotó a Puebla en 1999, la Fundación Amparo aportó recursos, -pero sobre todo el interés personal de Ángeles-, para la remodelación y reconstrucción de sitios como la Catedral Poblana, el templo de la Compañía, de San Agustín y de San Jerónimo.
Su labor en la filantropía social fue también enorme y eso habla de un sentido humano muy profundo.
Efectivamente, esta enorme actividad cultural no impidió que la Fundación Amparo continuara llevando a cabo múltiples actividades sociales, lo que habla de la enorme comprensión que el desarrollo de la cultura tiene en la sociedad. No son sólo un adorno más. Son sin duda parte de lo mismo, yo diría, parte de la canasta básica que todos necesitamos para nutrirnos intelectual, espiritual y cívicamente.
La muerte de cualquier ser humano es siempre una gran pérdida, pero hay algunos cuya presencia en el mundo permiten sembrar y crear. Ángeles pertenece a esa clase de seres humanos y es por ello que estoy seguro que ella tendrá una larga vida en los quehaceres con los que se comprometió y que sin duda nos habrán de trascender a todos nosotros. Su legado, el ampliarlo y crecerlo es el mejor homenaje que podemos hacerle.
Dr. Gerardo Estrada
Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México
1° de diciembre de 2007